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 Un biógrafo de Juárez

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MensajeTema: Un biógrafo de Juárez   Miér Dic 10, 2008 10:31 pm

Enrique Krauze
Un biógrafo de Juárez

Para Andrés Henestrosa.

Hemos conmemorado los doscientos años del natalicio de Benito Juárez sin darnos cuenta de una triste verdad: carecemos de una biografía moderna del gran personaje. Las compilaciones documentales necesarias para emprender una obra de semejante envergadura están a la mano: lo que falta es ambición intelectual, pasión por la verdad, insaciable curiosidad y mucho esfuerzo.

Éstas eran, precisamente, las prendas que adornaban a quien es todavía, a cincuenta años de la publicación de su libro, el mayor biógrafo de Juárez, un misterioso estadounidense hijo de alemán y francesa, nacido en Charleston (1890), criado en Nueva York, educado en Harvard y Columbia, llamado Ralph Roeder. Gracias a un hermoso obituario escrito por su amigo Andrés Henestrosa, a un bosquejo de Martín Quirarte y a otras noticias dispersas, sabemos que después de graduarse en 1911 el aristocrático Roeder viajó al México revolucionario, se acercó a John Reed, estuvo a punto de ser fusilado, quiso enrolarse en el villismo, pero terminó sirviendo a la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. De vuelta en Nueva York se convirtió en un actor consumado: en Broadway representó obras de Eurípides, Shakespeare, Shaw, Ibsen y Chéjov. Allí se enamoró de una belleza rusa, la coreógrafa y decoradora Fania Windell, con quien se casó.

En los años treinta, Roeder publicó dos libros muy aclamados: The man of the Renaissance, centrado en cuatro figuras emblemáticas (Aretino, Maquiavelo, Savonarola y Castiglione), y Catherine de' Medici and the lost revolution. Pero el recuerdo de México no lo abandonaba, y en plena madurez Roeder y su mujer se establecen aquí. Venía en busca de un personaje representativo que tuviera -escribe Henestrosa- "aquella grandeza mezclada con un hálito de catástrofe" que Roeder sólo encontraba en figuras muy estudiadas de la historia europea. Por eso pensó en Juárez. Para documentar su biografía, recorrió los caminos de Oaxaca, revisó una parte de la correspondencia, las ricas fuentes de la época y las fuentes secundarias, la prensa nacional y extranjera, y en 1947 publicó su obra en Viking Press. Su propia traducción no satisfizo al Fondo de Cultura Económica, que encomendó la revisión a Alí Chumacero. El resultado fue admirable.

A pesar de sus 1,086 páginas, Juárez y su México se lee todavía con facilidad y provecho. Plena de juicios sutiles, bien equilibrada en su tratamiento de los contextos y su amor por el detalle, la obra, no obstante, tiene severas limitaciones: no pudo incorporar a plenitud los vastos materiales sobre Juárez que por entonces compilaba Jorge L. Tamayo ni hacer uso de archivos pertinentes como los de Porfirio Díaz, Jesús González Ortega y Manuel Doblado; pasa muy rápido por la República Restaurada, omite casi toda referencia a las fuentes que utilizó y -problema endémico de nuestra historia- narra el pasado desde el punto de vista de los vencedores, desvalorando la perspectiva de los vencidos, los conservadores. Con todo, el libro se sostiene. Inspiró la película El joven Juárez (1954) y eventualmente le ganó a Roeder la condecoración del "Águila azteca".

Roeder tuvo el buen tino de admirar a Juárez, no como un héroe sobrehumano, sino como el líder poderoso (incluso imperioso) de una extraordinaria generación que legó al país la separación de la Iglesia y el Estado, la posibilidad de una vida constitucional con garantías individuales y libertades cívicas, y el primer impulso de cohesión política nacional. Ponderaba con toda razón el supremo instinto político de Juárez, su experiencia en el gobierno de Oaxaca, su sentido del tiempo, su prudencia, su temple y, desde luego, su tesón. Pero Juárez y su México no es propiamente una historia de bronce porque no rehúye abordar dos aspectos problemáticos: el Tratado McLane-Ocampo y las reelecciones de Juárez en 1867 y 1871.

Suscrito el 14 de diciembre de 1859 en Veracruz por Robert McLane, enviado del presidente Buchanan, y el ministro Melchor Ocampo, el famoso tratado otorgaba a Estados Unidos -a cambio del reconocimiento diplomático y un urgente apoyo económico y militar- riesgosas concesiones comerciales y derechos de tránsito. Amparadas en la letra del tratado, las tropas estadou-nidenses podían penetrar el territorio mexicano casi a discreción. "Las posibilidades de intervenir -admite Roeder- no tenían más limitación que la buena fe con que se interpretara el artículo ..." Roeder no acusa a los liberales de traición, pero tampoco atribuye la firma a una audacia genial de Juárez, en el sentido de prever la negativa del Senado estadounidense a ratificar el documento, aunque esta negativa haya sido, a la postre, la que salvó del "descrédito flagrante e infamante" al gobierno.

El otro punto oscuro en la vida de Juárez que Roeder no soslaya son sus reelecciones, sobre todo la de 1871. Ya su permanencia en el poder en 1865 (cuando terminaba su período constitucional) había sembrado amargas divisiones en las filas republicanas. Y si bien la de 1867 levantó una nueva ola de oposición, no dejó de interpretarse como un reconocimiento a los indudables servicios patrióticos del Presidente. Pero en 1871 la situación era muy distinta, y Roeder la trata sin ambages. Sebastián Lerdo de Tejada, el cercanísimo ministro y colaborador de Juárez, aguardaba su legítimo turno, y tras él José María Iglesias, el otro miembro del célebre triunvirato. Una nueva generación representada por Porfirio Díaz frisaba los cuarenta años y contaba con excelentes credenciales para aspirar al poder. "¿Qué motivo -se pregunta Roeder- podía exhibir el candidato para un cuarto período?" Y el honesto biógrafo no encuentra, en el fondo, otro que su ambición personal, exacerbada por la muerte de Margarita Maza, su esposa, a quien Juárez -mayor que ella- llamaba "la viejecita":

La vida pública -escribe Roeder- se había convertido en una costumbre inquebrantable ... indispensable, orgánica, fisiológica, que siguió operando mucho después de haber desaparecido la necesidad o la demanda que la originaron. El poder era la droga anodina para la pérdida de la esposa. El poder era el trabajo, el yugo que aseguraba su marcha y que le restituía su razón de ser; el poder era el solaz del solitario; el poder era la paz; y por último el poder era el derecho que le devengaba su abnegación durante la lucha, la reivindicación de la naturaleza en compensación de una vida de servicio desinteresado y de deber lealmente cumplido.

"Los cargos de fraude y violencia -apunta Roeder- lanzados en 1867 se repitieron con mayor verosimilitud en 1871." Juárez triunfó, pero su victoria terminó por dividir al grupo liberal, y lo malquistó con los candidatos derrotados, que habían sido sus más cercanos colaboradores: Lerdo se apartó del gabinete y Díaz se levantó en armas con el lema "Sufragio efectivo, no reelección". El descrédito era inmenso, no muy distinto del que rodearía a Porfirio en 1910; pero, a diferencia de Díaz, Juárez murió a tiempo.

Roeder -el viejo actor shakespeariano- narra la escena: "El médico le puso un estimulante extremo, arrojando agua hirviente sobre el corazón; el pecho respondió con un espasmo involuntario, los ojos se abrieron, y la voz se dejó oír ... con el medio tono de quien advierte vagamente que por un error craso ha sido quemado ... 'Doctor, ¿es fatal mi enfermedad?' Al saber que así era, recibió la sentencia con la misma despreocupación con que hizo la pregunta y siguió narrando su vida ... hasta que otro acceso cortó el hilo ... el médico volvió a administrar el remedio heroico ... él mismo se descubrió el pecho ..." Todavía se levantó para dar instrucciones de campaña. "Luego, el Presidente se dedicó sin interrupción al gran negocio que tenía en manos: morir." Pasaron varias horas. Nadie lo vio expirar. Era el 18 de julio de 1872.

A través de la mirada de Ralph Roeder, el humanismo universal contempla las pasiones de la tierra mexicana. Para su desgracia, el biógrafo vivió en carne propia nuestra violencia: toda su fama no fue suficiente para evitar un extraño secuestro de una semana por parte de las autoridades hacia los años cincuenta. Actor trágico de su propia vida, esa experiencia traumática lo persiguió hasta el final. Con exactitud cabalística, el mismo día de la muerte de Juárez, pero del año de 1969, su esposa dejó de existir. Presa del vacío y del dolor, tal vez releyó o recordó su pasaje sobre Juárez tras la muerte de "la viejecita", pero Roeder, a sus 79 años, no tenía un estímulo mayor para vivir. Había terminado su muy apreciable libro sobre Porfirio Díaz -Hacia el México moderno- y al parecer dejó manuscrita una "Tetralogía mexicana" sobre Madero, Carranza, Villa y Obregón. Luego de redactar su testamento cediendo sus escasos bienes a las instituciones de beneficencia pública que el Presidente dispusiera, el 27 de octubre de ese mismo año se quitó la vida.

"Mucha vida queda en tu muerte", escribió Henestrosa. Tenía razón: su vida quedó en su obra.
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MensajeTema: MASTER   Miér Dic 10, 2008 10:33 pm

[size=12]JUÁREZ DE CARNE Y HUESO

MITOS Y VERDADES
EN TORNO A JUÁREZ
Brian Hamnett
Entrevista de Conrado Hernández López

Autor de uno de los libros más acuciosos sobre la vida y la obra de Benito Juárez, Brian Hamnett nos deja ver en esta conversación algunas de las tesis que sobre el particular ha desarrollado y que lo han llevado a ser un referente entre los estudiosos del Benemérito.

“Desdeñado por los grandes intelectuales, el discurso de Juárez era su silencio, y su poder, su presencia. Así debe haberlo visto la mayoría de los que lo conocieron. Juárez, como presidente, tuvo más presencia que cualquiera de sus antecesores, gracias a la interminable trashumancia en busca de refugio por todo el país de 1858 a 1867, durante la Guerra de Reforma y la intervención”, señaló el historiador británico Brian Hamnett, quien añadió: “El poder de Juárez residía en su capacidad de identificar y entender la trascendencia precisa del momento histórico que atravesaba su país. En consecuencia, sus prioridades eran la legitimación del ejercicio del poder político, la cohesión del territorio y contrarrestar la amenaza de subordinación a la tutela neocolonial que representaban las acciones de las potencias europeas”.[1]

Hamnett, profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Essex, Gran Bretaña, es un reconocido especialista en la historia de México y autor de importantes libros, entre los que destacan Juárez [2], A Concise History of Mexico [3] y Roots of Insurgency: Mexican Regions, 1750-1824,[4] además de diversos artículos en publicaciones especializadas. En esta entrevista, Hamnett proporciona algunas claves para penetrar en la personalidad de uno de los íconos mayores de la historia política de México.

—Conrado Hernández López: Frente a la lista interminable de obras publicadas en México en los dos siglos anteriores, tu libro Juárez constituye una aproximación equilibrada a uno de los personajes más complejos y polémicos de nuestra historia política. Tanto la vida como la actuación política de Juárez han estado en el centro de largos debates que prácticamente arrancan desde su propio tiempo y que en muchos aspectos se prolongan hasta nuestros días. Por eso, empiezo con las preguntas. ¿Cómo te acercaste a este tema? ¿Cómo nació tu interés por estudiar a Juárez?

—Brian Hamnett: Me acerqué al tema cuando me dieron el puesto de Assistant Professor en el Departamento de Historia de la Universidad del Estado de Nueva York, en Stony Brook en 1968. Hice mi doctorado en Cambridge, Inglaterra, sobre la historia de la América española en la época colonial, sobre todo de la Nueva España. Me especialicé en el período tardío, es decir, el que abarca desde los borbones hasta la Independencia. Stony Brook inicialmente quería contratarme para enseñar historia colonial, pero, en ese momento, Stanley Ross se trasladaba a la Universidad de Texas y necesitaban un “mexicanista” que enseñara la historia del México moderno de 1821 a la actualidad. Entonces, pasé los seis meses previos a mi salida a Nueva York en mi casa en Inglaterra y en las bibliotecas de Londres y Cambridge aprendiendo todo lo que pude del México de los siglos XIX y XX.

Sin embargo, tampoco quiero dar la impresión de que no sabía nada de la historia política de México. Por el contrario, cuando llegué al país por primera vez en enero de 1966, como estudiante de doctorado, aprendí muchísimo del joven Samuel del Villar, buen amigo de aquella época, y de su mentor efectivo, Javier Rondero, sobre todo en casa de éste en San Ángel. Obviamente, las conversaciones abarcaban los temas de Juárez y la Reforma, el régimen de Porfirio Díaz, el maderismo, Carranza, Obregón, Calles y el cardenismo. Así, me familiaricé tempranamente con esos temas que enriquecieron mi experiencia como especialista en la historia de México. En este aspecto, tuve mucha suerte.

En los dos primeros años académicos en Stony Brook impartí seminarios para los graduados sobre la historia del México moderno y un curso para no-graduados que tomó a la Revolución de Ayutla de 1854 como punto de partida. De esta manera, empecé a interesarme en la época de la Reforma y en la figura de Juárez. Por supuesto, como producto de la tradición histórica de la Universidad de Cambridge, vi a la Reforma liberal de México con un enfoque crítico y desde varias perspectivas, incluidas las de sus opositores. Leí con mucho provecho lo que Justo Sierra escribió sobre Juárez, como también lo publicado por el ingeniero Francisco Bulnes sobre las revoluciones de Ayutla y de Reforma. Desde muy temprano, aprendí a tener mucho cuidado con este último autor.

En Stony Brook encontré a Andrés Lira, que entonces formaba parte de nuestro equipo de ‘latinoamericanistas’. Andrés se interesaba mucho en la historiografía mexicana del siglo XIX (Lucas Alamán y Justo Sierra, por ejemplo), y de los temas y las personalidades políticas de la época. Saqué mucho provecho de nuestras charlas sobre esos tópicos. Entonces, mi deseo de escribir sobre Juárez data de mis años en Stony Brook.

Pero, ¿ser un colonialista convertido en modernista? !No, absolutamente! Al contrario, como un modernista, soy alguien que comprende la época moderna desde una perspectiva novohispana —porque tengo profundas raíces en la historia de la época virreinal y en la historia de España—. También hay que tomar en cuenta otra cosa: como colonialista, me especialicé en la historia de Oaxaca, tierra de Juárez. No quiero decir que vivía con Juárez en la mente cuando estudiaba los comerciantes-inversionistas en el Oaxaca del siglo XVIII, pero se respiraba por todas partes algo del Benemérito de Guelatao.

Sin embargo, todavía tenía que pasar mucho tiempo antes que yo pudiera enfocar a Juárez como tema. Antes decidí escribir sobre las luchas independentistas para aprender más sobre la historia social en su contexto local y provincial.

Efectivamente, dediqué la mayor parte de la década de 1990 al estudio de Juárez y la época de la Reforma. Estos tópicos representaron, en términos cronológicos, mi “tercer tema”. Mi estudio político de Juárez apareció en Inglaterra en 1994, y después publiqué varios artículos y capítulos sobre la Reforma, la Intervención y el Segundo Imperio, Tomás Mejía y la República Restaurada.

A fines de la década creí que ya podía dejar el tema —quizás para volver a la colonia—, pero, en 1998, Carlos González Manterota, de la editorial Espejo de Obsidiana, nos propuso a Josefina Vázquez y a mí colaborar con otros en la elaboración de un libro ilustrado y de gran tamaño que se llamaría Juárez: memoria e imagen. Andrés Lira escribiría el prólogo. En esta empresa tuve el placer de trabajar también con Xavier Guzmán Urbiola y Carlos Silva Cázares en la investigación iconográfica para mi sección del libro.

Y, aún después de todo eso, no podía dejar el tema de Juárez, porque en 2003 y 2004 la editorial Biblioteca Nueva de Madrid estaba preparando la versión castellana de mi libro de 1994. Y espero que ésta salga a la luz durante este 2006, que es el Bicentenario del nacimiento de Juárez.

—Tu libro fue publicado en una colección de biografías sobre los “hombres en el poder” en una perspectiva histórica mundial, ¿cómo ubicarías la figura de Juárez en este contexto, y en particular en el latinoamericano del siglo XIX?

—Realmente consideré que en Europa no se había reconocido suficientemente a Juárez como uno de los grandes opositores al neocolonialismo y, en su época, a la expansión de los imperios y las monarquías europeos. Es fácil olvidar la amenaza que representaban las potencias europeas para un país como México. Si realmente éste intentaba defender su soberanía (ganada con tanto esfuerzo en los años de 1810 a 1824) como Estado independiente, tendría que resistirlas. La grandeza de Juárez radica en el hecho de que él comprendió esta cuestión y sabía lo que había que hacer, no importa si a costa de su propia persona.

Con su oposición a la Intervención y a la imposición de un Segundo Imperio mexicano por medio de las armas imperiales francesas, Juárez y sus partidarios impidieron que México sufriera la misma suerte que Egipto a partir de la intervención británica de 1881 o del Imperio chino desde la década de 1890. Hay que recordar que esos países sucumbieron a las potencias europeas debido a su deuda externa y al mal manejo de sus finanzas internas.

Hasta la publicación de Juárez, la serie “Profiles in Power” (Hombres de Poder) se había concentrado mayoritariamente en políticos europeos y, peor aún, en británicos. ¿Quién quiere un libro más sobre Isabel I de Inglaterra, por ejemplo?

Finalmente, hay que tomar en cuenta que el objetivo de esta serie fue presentar estudios políticos de grandes personajes de Estado —y que tenía un estricto límite de palabras—. Nunca fue concebida como una colección de biografías. Mi estudio de Juárez no es de ninguna manera una biografía, y sería totalmente equivocado describirlo así. Es un intento por analizar temáticamente su ascenso al poder y su conducta política. Desde el principio de mi interés en el tema, me llamó la atención la habilidad con que Juárez se mantenía en el poder. Es un tema que desarrollé en mi capítulo publicado en: Will Fowler (coord.), Presidentes mexicanos, 2 tomos, México, INEHRM, 2004.

—Juárez se desenvolvió entre dos mundos: el tradicional y el moderno. ¿Hasta qué punto sus orígenes personales fueron determinantes en sus convicciones y su actuación política?

—¿Qué significaba realmente la época “zapoteca de Guelatao”? Como todos sabemos, Guelatao fue y es un pueblo ubicado en lo que ahora se llama la Sierra de Juárez. Los que viajan en camión de segunda clase desde la ciudad de Oaxaca a Guelatao, descubren pronto que se halla muy cerca de Ixtlán, un pueblo importante para el comercio por el tránsito entre el Valle, la zona tropical veracruzana y la costa del Golfo. Además, estaba situada en una zona minera, que tuvo cierta actividad a mediados del siglo XIX y que atrajo inversiones significativas de parte de los comerciantes de Oaxaca, como los Echarri, a fines de la colonia. Entonces, Guelatao nunca estuvo aislado. La belleza de la iglesia parroquial de Ixtlán es testimonio de la importancia de la zona en el siglo XVIII. Es muy posible que predominara una cultura mestiza más que puramente zapoteca, y que estuviera abierta al mundo exterior, sobre todo porque los comerciantes y mineros tenían amplios contactos e intereses. Entre ellos estaba Benito Meijueiro, antepasado de los Meijueiros aliados de Juárez, que jugaron tan importante papel en la historia de Oaxaca en el siglo siguiente.
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MensajeTema: MASTER   Miér Dic 10, 2008 10:34 pm

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Aunque la carrera política de Juárez tuvo lugar primero en la capital de Oaxaca y luego a nivel nacional, siempre mantuvo contactos íntimos con la sierra, particularmente por medio de su gran amigo, Miguel Castro, otro minero de Ixtlán que fue varias veces Gobernador de Oaxaca. De esta manera, el presidente Juárez pudo destruir, con la ayuda de los caciques de la sierra, el poder de Félix Díaz en el estado en 1871.

—Como has señalado, Juárez enfrentó enemigos formidables dentro y fuera del grupo liberal, ¿fue su carácter y su particular manejo de la ley lo que lo hizo sobreponerse a las crisis enfrentadas en su gobierno?

—Evidentemente el joven Juárez no provenía de las familias acomodadas e influyentes, pero tenía una gran capacidad para aprender. Una vez en Oaxaca, aprendió la importancia de la educación y de las relaciones profesionales y políticas. A fines de la década de 1820, Juárez, contra lo que dice Bulnes, ya estaba afiliado con los liberales de la ciudad. Eso significaba el compromiso con el bando que propugnaba por el cambio institucional.

De sus actuaciones, es evidente que Juárez no tenía confianza en nadie —con la excepción de su esposa, los pocos individuos de su círculo íntimo de la sierra (como Castro y los Meijueiro), y algunos otros oaxaqueños (como, por ejemplo, Matías Romero, su ministro en Estados Unidos durante la intervención francesa)—. Se podría decir que Juárez tenía una visión agustiniana de la naturaleza humana, a pesar de que sus principios políticos se originaron en la Ilustración y en el liberalismo temprano. Incidentalmente leí en un periódico católico de Londres que el Papa Benedicto XVI fundó su teología más en San Agustín que en Santo Tomás de Aquino.

Juárez, sin embargo, estaba dispuesto a formar alianzas tácticas (y necesitaba hacerlo) con otras figuras políticas, quizás más poderosas e influyentes en el liberalismo que él. Me refiero a Miguel Lerdo de Tejada y a Manuel Doblado, par excellence. Doblado, que se comportaba como el king-maker del México liberal (apoyó a Ignacio Comonfort en 1855 y a Juárez en 1858), representaba, sin duda, el mayor peligro para Juárez en el campo liberal. Doblado quería desplazarlo y ocupar la presidencia. Era un político sutil y un diplomático astuto, estimado sobre todo por los británicos durante la Intervención Tripartita de 1861-1862. Hasta el ascenso de Sebastián Lerdo de Tejada (a partir de 1863), Doblado fue la principal figura del ala moderada del liberalismo, como vemos en los trabajos de Silvestre Villegas. Pero el desconocimiento de Juárez con el pretexto de que era incompetente o un obstáculo a la paz (sea frente a los conservadores en 1859 o ante los imperiales en 1864), involucraba el repudio a la Constitución federal de 1857. Juárez debía su ascenso a esta Constitución como Presidente de la Suprema Corte de Justicia. Por eso, defendió con firmeza la Constitución (a pesar de sus imperfecciones) en toda su vida política —y no estuvo dispuesto a tolerar ningún intento de llegar a un arreglo con sus enemigos—.

Como político, Juárez combinaba el alcance de las alturas morales con una capacidad formidable para la manipulación. Se presentaba al público —un público vasto, debido a sus itinerarios forzados de 1858-1861 y 1863-1867 por gran parte del país— como la encarnación de las virtudes republicanas, y se vestía de la manera apropiada para ello. Fue un político que sabía manejar hábilmente su propia imagen. Y ésta fue cuidadosamente construida como opuesta a la de su antecesor más carismático: el general Antonio López de Santa Anna.

La esencia de Juárez se expresa en la Ley del 25 de enero de 1862, que estableció las penas para quienes colaboraran con la intervención. Bajo esta ley, que no admitía la apelación a las sentencias, fueron fusilados los dos generales conservadores, Miguel Miramón y Tomás Mejía, y el emperador Maximiliano de Habsburgo. Juárez utilizaba con eficacia la ley como un arma contra sus opositores.

—También se ha señalado mucho la relación de Juárez con la masonería en ambos sentidos, el positivo y el negativo. ¿Consideras que esta filiación fue importante en su vida pública?

—En la masonería Juárez adoptó el nombre de “Guillermo Tell”, el patriota suizo del siglo XIII. La afiliación masónica no era nada rara en el siglo XIX, y en México no significó necesariamente un fuerte anticlericalismo. Lucas Alamán, fundador del Partido Conservador en 1849, y el Archiduque Maximiliano también eran masones.

—Has destacado el papel de Tomás Mejía como un enemigo muy particular de Juárez, ¿hasta qué punto coinciden y se contraponen estos personajes en las guerras de la época?

—Juárez trató dos veces de disuadir a Tomás Mejía de afiliarse a la Intervención francesa en 1862 y 1863; finalmente fue en vano. Gran patriota como era, Mejía detestaba las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, porque, a su juicio, intentaban subvertir la herencia católica de México. Mejía, campeón de un México católico, y en lo personal devoto de la Virgen del Pueblito en Querétaro, se rehusó firmemente a colaborar con el Partido Liberal.

Juárez respetaba a Mejía, quizás por su origen otomí, quizás por su capacidad militar (destruyó el poder militar de Santiago Vidaurri en el noreste antes de que Juárez finalizara el proceso en 1864), y por su conducta honrada y generosa con los prisioneros de guerra, pero, de cualquier modo, lo consideraba un enemigo inveterado de la Reforma y del proyecto liberal.

—Juárez también enfrentó a militares destacados como Miguel Miramón y Leonardo Márquez, en el bando conservador, y Jesús González Ortega y Porfirio Díaz, en el liberal. ¿Cómo pudo un civil mantenerse en el poder en un tiempo en que éste se ganaba con las armas?

—Desde la época de su primer gobierno en Oaxaca (1847-1852), Juárez contaba con el apoyo de sectores de las fuerzas militares. Además, cada jefe militar, que aspirara al mando supremo del país podía esperar fuertes rivales en el campo liberal. Juárez, que en 1861 y 1867 ya había mostrado su capacidad no sólo para sobrevivir sino también para ganar elecciones y cierto apoyo popular, sabía explotar esas rivalidades militares. Al mismo tiempo defendía la supremacía del poder civil y del gobierno constitucional por medio de elecciones. A pesar de la general incompetencia de los jefes militares liberales (como Doblado) frente a profesionales como el Mariscal Bazaine (con su experiencia previa en Argelia, España y otras partes de Europa) y frente a los generales conservadores, Juárez finalmente pudo contar con Mariano Escobedo y con el joven Porfirio Díaz para terminar con el Imperio en 1867. Y aún durante la época de la República Restaurada, cuando la posición política de Juárez era muy controvertida y amargamente atacada en la prensa satírica, todavía contaba con el apoyo de la mayoría de los jefes militares liberales. De esta manera, Juárez sobrevivió a las numerosas rebeliones desde 1868, y sobre todo a la rebelión porfirista de la Noria en 1871-1872. Tampoco lo abandonó en ningún momento su propia astucia política como propagandista en contra de los levantamientos de militares.

—La figura de Juárez ha sido estudiada con fines abiertamente pragmáticos por intelectuales muy influyentes en la vida política de México como Daniel Cosío Villegas (que recomendó buscar dirección y guía en el pasado liberal) y Jesús Reyes Heroles, quien, además, fue un político activo toda su vida. En nuestros días, al finalizar la hegemonía del PRI, reaparece la figura de Juárez en las nuevas confrontaciones y luchas por el poder. ¿Qué opinas de este uso reiterado de su ejemplo y su obra con fines políticos?

—La apelación contemporánea al nombre de Juárez por los políticos actuales en México es un testamento de su significación en la historia del país.

—Juárez ha tenido, asimismo, detractores no menos influyentes, como Francisco Bulnes, de quien se derivan muchos argumentos y acusaciones que aún se esgrimen en su contra, ¿qué opinas de la persistencia de los aspectos negativos como su responsabilidad en el Tratado McLane-Ocampo o de su uso de la ley con fines políticos?

—Hay que poner todo en su contexto histórico. Juárez, en su época, creía que, a partir de 1857, España representaba la mayor amenaza a México, porque aún controlaba Cuba y aparentemente tenía intenciones de restablecer alguna forma de hegemonía sobre la antigua Nueva España con la colaboración de los conservadores mexicanos. Por esta razón, Juárez, el gran opositor a las monarquías europeas, se alineó con el antiguo enemigo de México, Estados Unidos, como contrapeso. El reconocimiento del régimen liberal juarista en Veracruz por Estados Unidos en 1859 (cuando todo el cuerpo diplomático en México había reconocido al régimen conservador), el llamado incidente Antón Lizardo, y el Tratado McLane-Ocampo fueron consecuencias de esta reorientación política. Hay que recordar que este tratado no contenía nada nuevo, nada que no estuviera en el Tratado de La Mesilla de 1853, negociado por un Secretario de Relaciones conservador en el gobierno de Santa Anna.

Juárez, como Miguel Lerdo de Tejada y Matías Romero, eran grandes partidarios de una alianza entre las dos repúblicas del subcontinente norteamericano para presentar un frente unido en contra de las monarquías y los imperios europeos. Según la visión de los juaristas, los dos países acababan de salir de guerras civiles encarnizadas, el uno con la derrota de la esclavitud y el otro rechazando una intervención europea. Sin embargo, Estados Unidos, preocupado en otras cosas, realmente tenía poco interés en México.

A pesar de eso, el año de 1867 representó el parteaguas en la historia moderna de México, quizás más importante que 1910. Significó la supervivencia de México como Estado soberano, nacido de las luchas internas de 1810-1821. El fusilamiento de Maximiliano representó un reto y una advertencia a las potencias europeas, como también a Estados Unidos, para que no se metieran nunca en los asuntos internos del país.[/size]
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